01/07/2022

Grupo Teatro Jerez COMPAÑÍA Toarte

Grupo de teatro de Jerez de la Frontera

Aprendemos teatro 3ª Parte. La importancia del aplauso.

Hoy os queremos dar un aplauso. Porque el que diga que hace teatro, para sí mismo, miente a medias, porque hay que tener en cuenta al público, a un público paciente y pasivo, o como pretendemos en esta nueva etapa de Grupo teatro Jerez: activo, participativo y creativo.
Damos un aplauso a los integrantes de nuestro grupo, a los seguidores, a los que comparten con nosotros, a los que también al igual que nosotros hacen teatro. Pero es importante ese APLAUSO.
El aplauso (del latín applaudere) es principalmente la expresión de aprobación mediante palmadas, para crear ruido. Suele esperarse que los espectadores aplaudan tras una representación, como por ejemplo un concierto musical, un discurso público o una obra de teatro. El aplauso es un indicador simple de la opinión media relativa del grupo completo: cuando más ruidoso y prolongado, mayor aprobación.
Pero, ¿de dónde viene esa tradición?

La costumbre de aplaudir puede ser tan antigua y estar tan extendida como la propia humanidad, y la diversidad de sus formas está limitada únicamente por la capacidad de los medios disponibles para hacer ruido. Dentro de cada cultura, sin embargo, el aplauso suele estar sujeto a ciertas convenciones. En Roma tuvieron un conjunto ritual de aplauso para las representaciones públicas, expresando diversos grados de aprobación: golpear los dedos, dar palmadas con la mano plana o hueca, o agitar el faldón de la toga, lo que el emperador Aureliano sustituyó por pañuelos que distribuyó entre el pueblo.  En el teatro romano, al final de la obra, el protagonista gritaba Valete et plaudite! y la audiencia, guiada por un corego no oficial, coreaba su aplauso. Esto a menudo era organizado y remunerado.2
Con el cristianismo, las costumbres del teatro fueron adoptadas por las iglesias. Eusebio cuenta que Pablo de Samosata animaba a la congregación a aplaudir sus sermones agitando sus ropas de lino (οθοναις), y en los siglos IV y V el aplauso de la retórica de los sermones populares se habían convertido en una costumbre habitual. El aplauso en las iglesias terminó sin embargo pasando de moda y, en parte debido a la influencia de la atmósfera cuasi religiosa de las representaciones de Wagner, el espíritu reverencial que inspiró este decaimiento pronto se extendió a los teatros y salas de concierto.

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